Colibrí
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.
Con nostalgia noto que el dinosaurio sigue allí, como reza un nuevo cuento viejo de la brevedad. Pero como en otra dimensión, donde se me hace difícil pronunciar palabras, inventar cantos y derramar ansias. Está allí lejos, al lado mío, y a veces pienso que como tiempo que es, acumulado en un centro de piel infinito, sobre una madeja de dentelladas, supuestamente cruel e implacable, me teme cobardemente.
Mi cuerpo no resiste una flor y a diario el colibrí puede estremecerlo. ¿Cómo amenazar desde el vacío a ningún cielo? ¿Cómo presumir más allá del polvo que voy siendo? Gota que cuelga, bambú que se cimbra, gaviota envejecida, pequeño ruido o alarido, espora… Recorte mitológico de una fantasía que ya ni vuela, no puedo generar estampidas; sólo esperar recepción.
Mucho se ha comentado de mi nueva sonrisa. No puedo evitar desplegarla por doquier, incluso a sabiendas de que me podrían tildar de cínico. Pero voy en paz, desde aquí mi centro de reclusión vital, y siento el frío de la tarde como si brillara en mis dientes. Contemplo el corte de la estampa universal que me está dado vivir, y luego vuelvo al rincón de mi aposento consuetudinario.




